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Por qué el sector hotelero tiene la necesidad estratégica de innovar

Una habitación cualquiera, años 50:

Pepe entra en la habitación. Deja la maleta. Y entonces ve un aparato en la mesita, una especie de caja con una rueda negra y un auricular. Lo ha visto en películas, pero nunca tan cerca. Lo toca. Descuelga. Escucha un tono.

Corre a la puerta a buscar a su mujer: «¡Ven, ven! ¡Que tenemos un teléfono en nuestra habitación!»

Ese avance llegó a todas las casas muchos años más tarde.

Estas situaciones han pasado millones de veces, en miles de hoteles, a lo largo de más de ciento cincuenta años. Y sigue pasando hoy.

Hubo una época (no tan lejana) en la que ir a un hotel era, también, ir al futuro. El viajero cambiaba de época al entrar en su habitación porque el hotel siempre ha tenido la extraña costumbre de llegar primero.

El hotel es el sitio donde duermes y también donde descubres cómo vas a vivir mañana.

El hotel como muestrario del mañana

Antes de que hubiese luz eléctrica en los hogares, el Prospect House Hotel de Nueva York ya iluminaba todas sus habitaciones con electricidad. Antes de que nadie tuviese baño privado en casa, el Tremont House de Boston ya los ofrecía como estándar. El ascensor, el agua caliente, el aire acondicionado, la televisión, el minibar, las cerraduras electrónicas: todo llegó antes al hotel que a cualquier hogar.

Y no por casualidad. Es parte de la esencia de un hotel.

El hotelero (el buen hotelero) siempre ha tenido una pregunta rondándole la cabeza: ¿qué hay ahí fuera que todavía no tiene mi cliente? No lo que pide. Lo que todavía no sabe que va a querer. Esa es la diferencia entre ofrecer un servicio y protagonizar una experiencia.

En una habitación de los años 80:

Antonio está de viaje en Madrid por negocios y se aloja en uno de los hoteles más modernos de la ciudad que tiene un televisor en su dormitorio. Piensa que verla desde la cama es un lujo que no se va a perder.

Piensa: «Qué bueno sería tener esto en casa para antes de dormir.»

Diez años después, tiene una en su casa.

La tentación peligrosa de copiar sin entender

No todos los hoteles innovan. Muchos copian. Y copiar sin entender el porqué es el camino más corto hacia el sinsentido.

La televisión en la habitación fue una revolución. Hoy, en muchos hoteles, es un mueble que ocupa espacio y que nadie enciende, porque los huéspedes llevan su propio contenido en el bolsillo. El teléfono fijo fue una conexión directa con el mundo exterior. Hoy es, en el mejor de los casos, un objeto decorativo con nostalgia de los noventa. Y la nevera del minibar (esa misma que maravilló a generaciones enteras) aparece cada vez más a menudo vacía, como una tradición que nadie recuerda haber empezado.

Estas innovaciones han caducado. Hoy el hotel sigue poniendo el teléfono, la tele y la nevera vacía porque «siempre se ha hecho así», sin preguntarse qué resolvían y qué podría resolverlo mejor hoy.

El hotel es el sitio donde duermes y también donde descubres cómo vas a vivir mañana.

La obligación de seguir siendo el primero

Hoy la conversación ha cambiado, aunque la pregunta sigue siendo la misma. Los huéspedes ya no se maravillan con la luz eléctrica, obviamente, pero sí se maravillan con una habitación que sabe que tienes frío antes de que lo digas o con un check-in que no existe porque todo ya está listo cuando llegas.

Algo muy común que me comentan los directores de hotel es que de vez en cuando los clientes le compran el colchón de su cama porque ha sido el mejor donde han dormido.

Eso último ocurre más de lo que parece. Hay hoteles que venden más colchones, almohadas y colchas que algunas tiendas especializadas. No porque se hayan convertido en comercios. Sino porque sus clientes durmieron en ellos, se levantaron por la mañana pensando «nunca había dormido así», y preguntaron: «¿Dónde puedo comprar esto?»

Esa es la versión moderna del «guau, un teléfono en mi cuarto».

La cadena del asombro del hotel al hogar:

1829 – Baño privado en habitación

1882 – Luz eléctrica en todas las habitaciones

1900 – Teléfono en la habitación

1947 – Televisión en la habitación

2014 – Llave digital en el smartphone

Más que de tecnología, se trata de asombro

Se habla mucho de que el objetivo es que el cliente se sienta en el hotel como en su casa. Es un error de formulación que lleva a errores de estrategia. El cliente ya tiene su casa. No necesita otra igual.

Lo que el cliente busca (y siempre ha buscado) es encontrar en el hotel lo que todavía no tiene en su casa. O lo que tiene, pero mejor. Más cómodo, más inteligente, más sorprendente. El hotel no debe replicar el hogar: debe inspirarlo.

Por eso innovar no es una opción para el sector hotelero. Es una obligación constitutiva. Es parte de lo que define al hotel desde su origen. Un hotel que deja de innovar no solo pierde competitividad: pierde identidad. Deja de ser lo que siempre fue.

Una habitación innovadora hoy:

Son las siete de la mañana. La habitación está a la temperatura exacta. La pared que da a la calle es toda de cristal con cámara de aire que deja pasar la luz poco a poco a través de una lámina de vinilo, dejando entrar la luz sin despertar de golpe y te aísla del ruido de la calle. En la mesita hay un café (justo como le gusta) que ha traído un robot tras pedirlo con un mensaje desde la app.

Se estira. Mira el techo. Piensa: «Ojalá pudiera tener esto en casa.»

Eso. Eso es exactamente lo que tiene que conseguir un hotel.

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